jueves, 19 de julio de 2012
Mis amigos.
domingo, 10 de junio de 2012
La creación
viernes, 30 de marzo de 2012
A mis ojos, al ápice de mis dedos y a la voz en mi garganta.
A mi olfato descarriado, al lomo de mi lengua, y a todas mis palabras.
A mi mente sin ideas, a los fines de semana.
A mi cintura, a mi abdomen, a mi falda.
Al sudor insatisfecho, a mis orgasmos, a la esperanza.
Al silencio sin sentido, al buen tiempo, a la mala cara.
A mis pies cansinos, a mis dientes y a mis uñas largas.
A la curva en mis oídos, a mis pulmones, a mi diafragma,
A esa remera negra, a los tacos y a tu bufanda.
Al poema de Borges, y al perfume para noches planeadas.
A mi saliva, a mi sangre y hasta a las lágrimas
A mis discos, a mis piernas, al rímel de mis pestañas,
A mi ventana, a las paredes, a las plantas.
Al empedrado, a mi perro, a la casa.
A todo, absolutamente a todo, le hacés mucha falta.
martes, 21 de febrero de 2012
El beso
Y se besaban vestidos en un azul casi de plata.
Se besaban obscenos, rojo sangre
y esperanza.
Con las manos se besaban, y los ojos y la boca
con las lenguas encendidas, sin palabras
imperiosas.
Respiraban de ese beso anhelantes y callados.
El mundo los ignoraba.
Y alguien los hizo cuadro.
Los amantes no sabrán cuándo el beso haya acabado
El artista sabiamente
Lo ha dejado eternizado.
martes, 31 de enero de 2012
Mis mejores deseos
domingo, 3 de julio de 2011
Los amantes

Se encontraron muchas veces en las páginas de un libro,
se amaron en silencio en un cuadro de vanguardia,
se definieron en las palabras de los poetas antiguos
y lloraron largamente en una canción desesperada.
Él la recordaba en todos sus olvidos.
Ella lo llevaba a él en el peso de su espalda.
Lo diseminaba en todos sus sentidos.
Y él la olía en el café de las mañanas.
Escribían su historia con el esmero de los artistas
en perfecta confabulación ajenos a los desentendidos,
con paciencia, dedicación y precisión egoísta.
Rompieron en cada encuentro los límites de espacio y tiempo
trajeron Paris a San Telmo
y vivieron un siglo que no duró más que un momento.
No precisaba tener un nombre
la reciprocidad que compartían
cada no sé cuántas noches,
cada no sé cuántos días.
Era más que suficiente el sonido de una voz
para sellar las cadenas de la dependencia
y con sólo la intención de un beso
firmaban la ley de la pertenencia.
martes, 3 de mayo de 2011
El milagro de la inmortalidad

Murió Sábato. La acepción de la palabra morir implica dejar de vivir, extinguirse, dejar de existir. Y yo me pregunto ¿dejará de existir alguien que puso su carne en la tinta de sus historias? ¿Se extinguirá el fragmento del alma que queda pegado en cada página?
A mí me queda en la piel ese sufrimiento por ser humanos que compartía con él casi en complicidad. Me queda el entendimiento por su aversión hacia una especie que no puede elegirse y con la cual debemos convivir porque la encontramos desde la primera hora de la mañana en el espejo. Y claro, me queda todavía mantener con él muchos diálogos de conciencia. Me quedan muchas cosas por debatir, por entenderle, por refutarle. Me quedan mil enojos más por tener con sus opiniones, y un número infinito de motivos nuevos para seguir admirándolo.
No necesitó una trasmisión interminable de su despedida, ni personas con pancartas en las plazas, no necesitó grafitis ni banderas con su nombre. Y muchos de los que lo despidieron u homenajearon quizás no hayan ni hojeado sus libros. No necesitó un país de luto ni un cortejo despampanante. No porque no lo haya merecido. Sino porque así se van los grandes hombres. Con un montón de amigos y de lectores sinceros que no tardaremos en reabrir las páginas de El túnel para reencontrarlo en las palabras de Juan Pablo Castel. Este hombre que escribió como pocos y vivió como muchos, este hombre, era argentino. Con nuestra misma historia, con nuestro mismo arsenal de pasado y con este presente que tanto nos cuesta aceptar. Otro intelectual que engalana las letras argentinas, otro motivo para sentirnos orgullosos de este suelo a pesar de todo.
Estamos ahora frente a otro de los grandes milagros de la literatura: la inmortalidad. La muerte no puede evitar que Sábato siga acompañándonos. Sin duda, ese es el mayor triunfo del que escribe con el cuerpo. Renacer cada vez que se abre un libro, y respirar al oído de sus lectores en cada letra. Mi soledad se puebla siempre de estas compañías que aparecen en forma de ideas, historias o personajes. Y entonces uno se pregunta cómo agradecerle al hombre o al escritor o al hombre escritor que nos consuela, nos abraza y acompaña en esos ratos en los que más necesitamos saber que no estamos solos, que el mundo nos duele por igual, que la existencia nos pesa, cómo recompensar esa compañía absoluta, plena, elocuente y precisa que además nos hacer crecer, nos enfrenta con verdades insospechables que dormían en nosotros a la espera de un rescatista que las hiciera salir a luz. Bendita intelectualidad que tanto nos castiga y nos premia, bendita sensibilidad que nos permite hermanarnos y sentirnos bajo una misma piel, más allá de cualquier época, nación o cultura. Bendito el arte de las palabras que no nos deja desaparecer de la necesidad de los otros.
Bendito escritor y sus fantasmas.

