jueves, 19 de julio de 2012

Mis amigos.


Es mentira que no es necesario verlos todos los días. Ojalá se pudiera, como antes, en aquellos tiempos en donde lo único importante eran las tardes con ellos. Lo que sí es verdad es que no hace falta verlos siempre para quererlos como en aquellos tiempos. A mí me basta saber que están ahí, al otro lado del teléfono aunque sean horas no adecuadas. Me alcanza que sepan preguntar qué me pasa aunque yo crea que puedo simular la mejor de las sonrisas. Y me sobra que me llamen en sus ratos libres, que no puedan evitar acordarse de mí cada vez que suena esa canción que durante la adolescencia escucharon hasta el hartazgo en mi casa, que me sorprendan con algún mail breve. Y digo me sobra, porque tampoco necesito de eso para quererlos, porque inevitablemente, ya lo quiero.
También es verdad que ninguno de ellos se parece entre sí, y en esa diferencia yo también me diferencio. Y cada uno explora en mí una zona que hasta muchas veces yo misma desconozco.  Con algunos puedo ser una excelente narradora de mis propias historias, a veces fabulosas, a veces no tanto pero hacemos lo posible para que lo sean. Y yo sé que les gusta escuchar, que quieren escuchar, y reímos. Con otros, en cambio, soy una amiga que escucha en silencio las aventuras más disparatadas, y que los deja sentirse protagonistas de las historias más impensadas. A ellos les gusta contar, protagonizar, a mí escucharlos, creerles, y reímos. Con otros pocos, a veces, dejamos escapar un pequeño lado oscuro y hacemos las opiniones más sentenciosas, pero después, reímos.  Para algunos, soy una artista, para otros simplemente estoy loca, para unos cuantos soy más inteligente de lo normal, para otros muchos me falta aprender tanto. Pero si alguien les pregunta por mí seguramente dirán que soy la mejor persona del mundo, aunque sepan que eso está muy lejos de ser verdad.
Tengo quienes son mucho más grandes que yo y también otros a los que les llevo unos cuantos años. Pero nos entendemos, y cuando estamos juntos, es como si fuéramos una misma cosa, por lo tanto, estoy segura de que la amistad no entiende del tiempo. Ni de distancia, porque con algunos estamos muy cerca pero con otros estamos tan lejos, y sin embargo, el sentimiento es el mismo. Tampoco responde a ideologías, porque con muchos pensamos muy igual, pero con la gran mayoría somos tan, pero tan distintos, y aun así la amistad es cada día más fuerte. Y gracias a dios también supera barreras religiosas, y de nacionalidad, y de gustos. Vaya a saber qué es lo que nos une. Pero ese algo es tan fuerte que hasta nos hace creer, de a ratos, en la inmortalidad.
Por eso se me ocurrió escribirles, a los que son de la familia porque llevamos la misma sangre y a los que son de la familia a pesar de que no llevamos la misma sangre.  A esos que crecieron conmigo, a los de toda la vida, y a los viejos amigos que conocí hace muy poco. A los que veo con frecuencia, y a los que no. Y debería decírselos todos los días, pero la fecha me da la excusa perfecta: gracias, por estar en los momentos en los que todos quisiéramos estar en otro lado, gracias por publicar las frases que me gustan leer en el facebook, por no ceder al desgano más allá de la falta de tiempo y el cansancio; más gracias por la paciencia, por aceptar mi decisión de crecer tan despacio, por concordar y por desacordar conmigo, por entender sin compartir, por compartir sin entender. Gracias por tomar mis mates y hacerme creer que están ricos. Por perdonar mis ausencias, mis despistes, mi impuntualidad.  Por acompañarme en mis ideas desmesuradas, por alentar mis logros, y hacer nimias mis caídas, por disfrutar mi alegría y hacerla casi propia. Por compartir sus logros conmigo, por dejarme permanecer. Por ser compañeros y confidentes. Por saber guardar secretos. Por respetar mis decisiones y mi privacidad. Por compartir conmigo sus decisiones y su privacidad. Porque si bien a veces el mundo me duele, y quiero gritar, correr, huir, ustedes son el pie en el freno, la rosa en el desierto, la rectificación de la palabra confianza. Y muchas veces más gracias por las palabras, los silencios, la miradas, la caricia en la espalda.
Y sobre todo gracias por los momentos que van a venir. Por la vida que nos queda. Por el futuro perenne de esta amistad.

domingo, 10 de junio de 2012

La creación

El hombre pequeño frente al muro blanco, impenetrable, silencioso. Frente a una inmensidad que lo hacía sentir intrascendente, insignificante. El desafío era vencer esa vastedad, llenar de voz el silencio, poblar la nada absoluta. Pero no sabía cómo. No era un dios capaz de hacer en siete días un mundo. Él era sólo un hombre más, aunque la mayoría de las veces era un hombre menos, que se iba de los lugares hastiado de pasar siempre inadvertido. Sin embargo, se había propuesto habitar el vacío, porque paradójicamente y lejos de toda ley física el vacío a este hombre, igual que a todos nosotros, es lo que más le pesa. Llenemos los espacios de ruido, pongamos en esa pared blanca, puertas y ventanas que la hagan accesible, pensaba nuestro hombre intrascendente. Luego se paralizó. Tembló. Sudó. Pensó. Volvió a temblar. Había que abrirse al medio e investigar. No había que buscar en el afuera, debería revolver entre las venas y los huesos, encontrar entre la sangre y el dolor los elementos para acabar con ese desierto blanco.
Fue un trabajo duro y a veces poco agradable, pero necesario y liberador. El hombre fue valiente y hurgó entre sus rincones, así en lugares inesperados encontró abandonadas y expectantes unas palabras esclavas, y él las liberó. Primero de a una y con indecisión, luego de a dos y con actitud resuelta. Cuando pudo darse cuenta las venas se henchían y las palabras se agolpaban urgentes para librarse del desuso.
Comprendió al fin que esas cataratas de palabras estaban en su esencia, y se sorprendió al ver de lo que estaba hecho. Su sangre era azul, y eran azules sus amores y esperanzas. Sus desilusiones y sus miedos. Y era azul también toda su soledad. Todo entre sus vísceras era azul tinta. Había entre sus células materia prima, la misma con la que se fundó Macondo, la misma que dio voz a los Buendía; la misma que gestó a la Tierra Media y las batallas de los héroes. El beso de Romeo y Julieta, la traición de Yago, los nueve círculos de Infierno y el trágico suicidio de Emma Bovary. Toda esa materia prima entre sus dedos. Una hoja en blanco, tinta azul y la imaginación de un hombre. Reconoció en sus gestos iniciales toda una herencia inmaculada de aquellos que partieron desde su mismo lugar. No tenía nada pero podría tenerlo todo, sólo era cuestión de moldear y construir.
Una idea primero, una palabra después y entonces el hombre diminuto había creado el mundo.

viernes, 30 de marzo de 2012

A mis ojos, al ápice de mis dedos y a la voz en mi garganta.

A mi olfato descarriado, al lomo de mi lengua, y a todas mis palabras.

A mi mente sin ideas, a los fines de semana.

A mi cintura, a mi abdomen, a mi falda.

Al sudor insatisfecho, a mis orgasmos, a la esperanza.

Al silencio sin sentido, al buen tiempo, a la mala cara.

A mis pies cansinos, a mis dientes y a mis uñas largas.

A la curva en mis oídos, a mis pulmones, a mi diafragma,

A esa remera negra, a los tacos y a tu bufanda.

Al poema de Borges, y al perfume para noches planeadas.

A mi saliva, a mi sangre y hasta a las lágrimas

A mis discos, a mis piernas, al rímel de mis pestañas,

A mi ventana, a las paredes, a las plantas.

Al empedrado, a mi perro, a la casa.

A todo, absolutamente a todo, le hacés mucha falta.

martes, 21 de febrero de 2012

El beso

Y se besaban vestidos en un azul casi de plata.

Se besaban obscenos, rojo sangre

y esperanza.

Con las manos se besaban, y los ojos y la boca

con las lenguas encendidas, sin palabras

imperiosas.

Respiraban de ese beso anhelantes y callados.

El mundo los ignoraba.

Y alguien los hizo cuadro.

Los amantes no sabrán cuándo el beso haya acabado

El artista sabiamente

Lo ha dejado eternizado.

martes, 31 de enero de 2012

Mis mejores deseos

Que se te espinen las manos
y se te seque la boca,
que se oscurezca tu vista
y el agua se vuelva roca;
que las fragancias más lindas
te huelan a cuerpo muerto
que nadie te quiero mucho
y tu futuro sea incierto.
Que el oro en vos sea barro
que se te rompa la risa
y aquello que más valores
se te convierta en ceniza.
Que tus peores pesadillas
sean un día realidades,
que te inunden los fracasos
y se fuguen las verdades.
Que tus más sucios pecados
se sienten sobre tu espalda,
y que dejes este mundo
tras una agonía larga.
Que pises el paraíso
pero que no te sea eterno,
que luego de conocerlo
te pudras en el infierno.

domingo, 3 de julio de 2011

Los amantes



Se encontraron muchas veces en las páginas de un libro,

se amaron en silencio en un cuadro de vanguardia,

se definieron en las palabras de los poetas antiguos

y lloraron largamente en una canción desesperada.


Él la recordaba en todos sus olvidos.

Ella lo llevaba a él en el peso de su espalda.

Lo diseminaba en todos sus sentidos.

Y él la olía en el café de las mañanas.


Escribían su historia con el esmero de los artistas

en perfecta confabulación ajenos a los desentendidos,

con paciencia, dedicación y precisión egoísta.


Rompieron en cada encuentro los límites de espacio y tiempo

trajeron Paris a San Telmo

y vivieron un siglo que no duró más que un momento.


No precisaba tener un nombre

la reciprocidad que compartían

cada no sé cuántas noches,

cada no sé cuántos días.


Era más que suficiente el sonido de una voz

para sellar las cadenas de la dependencia

y con sólo la intención de un beso

firmaban la ley de la pertenencia.

martes, 3 de mayo de 2011

El milagro de la inmortalidad


Murió Sábato. La acepción de la palabra morir implica dejar de vivir, extinguirse, dejar de existir. Y yo me pregunto ¿dejará de existir alguien que puso su carne en la tinta de sus historias? ¿Se extinguirá el fragmento del alma que queda pegado en cada página?

A mí me queda en la piel ese sufrimiento por ser humanos que compartía con él casi en complicidad. Me queda el entendimiento por su aversión hacia una especie que no puede elegirse y con la cual debemos convivir porque la encontramos desde la primera hora de la mañana en el espejo. Y claro, me queda todavía mantener con él muchos diálogos de conciencia. Me quedan muchas cosas por debatir, por entenderle, por refutarle. Me quedan mil enojos más por tener con sus opiniones, y un número infinito de motivos nuevos para seguir admirándolo.

No necesitó una trasmisión interminable de su despedida, ni personas con pancartas en las plazas, no necesitó grafitis ni banderas con su nombre. Y muchos de los que lo despidieron u homenajearon quizás no hayan ni hojeado sus libros. No necesitó un país de luto ni un cortejo despampanante. No porque no lo haya merecido. Sino porque así se van los grandes hombres. Con un montón de amigos y de lectores sinceros que no tardaremos en reabrir las páginas de El túnel para reencontrarlo en las palabras de Juan Pablo Castel. Este hombre que escribió como pocos y vivió como muchos, este hombre, era argentino. Con nuestra misma historia, con nuestro mismo arsenal de pasado y con este presente que tanto nos cuesta aceptar. Otro intelectual que engalana las letras argentinas, otro motivo para sentirnos orgullosos de este suelo a pesar de todo.

Estamos ahora frente a otro de los grandes milagros de la literatura: la inmortalidad. La muerte no puede evitar que Sábato siga acompañándonos. Sin duda, ese es el mayor triunfo del que escribe con el cuerpo. Renacer cada vez que se abre un libro, y respirar al oído de sus lectores en cada letra. Mi soledad se puebla siempre de estas compañías que aparecen en forma de ideas, historias o personajes. Y entonces uno se pregunta cómo agradecerle al hombre o al escritor o al hombre escritor que nos consuela, nos abraza y acompaña en esos ratos en los que más necesitamos saber que no estamos solos, que el mundo nos duele por igual, que la existencia nos pesa, cómo recompensar esa compañía absoluta, plena, elocuente y precisa que además nos hacer crecer, nos enfrenta con verdades insospechables que dormían en nosotros a la espera de un rescatista que las hiciera salir a luz. Bendita intelectualidad que tanto nos castiga y nos premia, bendita sensibilidad que nos permite hermanarnos y sentirnos bajo una misma piel, más allá de cualquier época, nación o cultura. Bendito el arte de las palabras que no nos deja desaparecer de la necesidad de los otros.

Bendito escritor y sus fantasmas.