domingo, 10 de junio de 2012

La creación

El hombre pequeño frente al muro blanco, impenetrable, silencioso. Frente a una inmensidad que lo hacía sentir intrascendente, insignificante. El desafío era vencer esa vastedad, llenar de voz el silencio, poblar la nada absoluta. Pero no sabía cómo. No era un dios capaz de hacer en siete días un mundo. Él era sólo un hombre más, aunque la mayoría de las veces era un hombre menos, que se iba de los lugares hastiado de pasar siempre inadvertido. Sin embargo, se había propuesto habitar el vacío, porque paradójicamente y lejos de toda ley física el vacío a este hombre, igual que a todos nosotros, es lo que más le pesa. Llenemos los espacios de ruido, pongamos en esa pared blanca, puertas y ventanas que la hagan accesible, pensaba nuestro hombre intrascendente. Luego se paralizó. Tembló. Sudó. Pensó. Volvió a temblar. Había que abrirse al medio e investigar. No había que buscar en el afuera, debería revolver entre las venas y los huesos, encontrar entre la sangre y el dolor los elementos para acabar con ese desierto blanco.
Fue un trabajo duro y a veces poco agradable, pero necesario y liberador. El hombre fue valiente y hurgó entre sus rincones, así en lugares inesperados encontró abandonadas y expectantes unas palabras esclavas, y él las liberó. Primero de a una y con indecisión, luego de a dos y con actitud resuelta. Cuando pudo darse cuenta las venas se henchían y las palabras se agolpaban urgentes para librarse del desuso.
Comprendió al fin que esas cataratas de palabras estaban en su esencia, y se sorprendió al ver de lo que estaba hecho. Su sangre era azul, y eran azules sus amores y esperanzas. Sus desilusiones y sus miedos. Y era azul también toda su soledad. Todo entre sus vísceras era azul tinta. Había entre sus células materia prima, la misma con la que se fundó Macondo, la misma que dio voz a los Buendía; la misma que gestó a la Tierra Media y las batallas de los héroes. El beso de Romeo y Julieta, la traición de Yago, los nueve círculos de Infierno y el trágico suicidio de Emma Bovary. Toda esa materia prima entre sus dedos. Una hoja en blanco, tinta azul y la imaginación de un hombre. Reconoció en sus gestos iniciales toda una herencia inmaculada de aquellos que partieron desde su mismo lugar. No tenía nada pero podría tenerlo todo, sólo era cuestión de moldear y construir.
Una idea primero, una palabra después y entonces el hombre diminuto había creado el mundo.

viernes, 30 de marzo de 2012

A mis ojos, al ápice de mis dedos y a la voz en mi garganta.

A mi olfato descarriado, al lomo de mi lengua, y a todas mis palabras.

A mi mente sin ideas, a los fines de semana.

A mi cintura, a mi abdomen, a mi falda.

Al sudor insatisfecho, a mis orgasmos, a la esperanza.

Al silencio sin sentido, al buen tiempo, a la mala cara.

A mis pies cansinos, a mis dientes y a mis uñas largas.

A la curva en mis oídos, a mis pulmones, a mi diafragma,

A esa remera negra, a los tacos y a tu bufanda.

Al poema de Borges, y al perfume para noches planeadas.

A mi saliva, a mi sangre y hasta a las lágrimas

A mis discos, a mis piernas, al rímel de mis pestañas,

A mi ventana, a las paredes, a las plantas.

Al empedrado, a mi perro, a la casa.

A todo, absolutamente a todo, le hacés mucha falta.

martes, 21 de febrero de 2012

El beso

Y se besaban vestidos en un azul casi de plata.

Se besaban obscenos, rojo sangre

y esperanza.

Con las manos se besaban, y los ojos y la boca

con las lenguas encendidas, sin palabras

imperiosas.

Respiraban de ese beso anhelantes y callados.

El mundo los ignoraba.

Y alguien los hizo cuadro.

Los amantes no sabrán cuándo el beso haya acabado

El artista sabiamente

Lo ha dejado eternizado.

martes, 31 de enero de 2012

Mis mejores deseos

Que se te espinen las manos
y se te seque la boca,
que se oscurezca tu vista
y el agua se vuelva roca;
que las fragancias más lindas
te huelan a cuerpo muerto
que nadie te quiero mucho
y tu futuro sea incierto.
Que el oro en vos sea barro
que se te rompa la risa
y aquello que más valores
se te convierta en ceniza.
Que tus peores pesadillas
sean un día realidades,
que te inunden los fracasos
y se fuguen las verdades.
Que tus más sucios pecados
se sienten sobre tu espalda,
y que dejes este mundo
tras una agonía larga.
Que pises el paraíso
pero que no te sea eterno,
que luego de conocerlo
te pudras en el infierno.

domingo, 3 de julio de 2011

Los amantes



Se encontraron muchas veces en las páginas de un libro,

se amaron en silencio en un cuadro de vanguardia,

se definieron en las palabras de los poetas antiguos

y lloraron largamente en una canción desesperada.


Él la recordaba en todos sus olvidos.

Ella lo llevaba a él en el peso de su espalda.

Lo diseminaba en todos sus sentidos.

Y él la olía en el café de las mañanas.


Escribían su historia con el esmero de los artistas

en perfecta confabulación ajenos a los desentendidos,

con paciencia, dedicación y precisión egoísta.


Rompieron en cada encuentro los límites de espacio y tiempo

trajeron Paris a San Telmo

y vivieron un siglo que no duró más que un momento.


No precisaba tener un nombre

la reciprocidad que compartían

cada no sé cuántas noches,

cada no sé cuántos días.


Era más que suficiente el sonido de una voz

para sellar las cadenas de la dependencia

y con sólo la intención de un beso

firmaban la ley de la pertenencia.

martes, 3 de mayo de 2011

El milagro de la inmortalidad


Murió Sábato. La acepción de la palabra morir implica dejar de vivir, extinguirse, dejar de existir. Y yo me pregunto ¿dejará de existir alguien que puso su carne en la tinta de sus historias? ¿Se extinguirá el fragmento del alma que queda pegado en cada página?

A mí me queda en la piel ese sufrimiento por ser humanos que compartía con él casi en complicidad. Me queda el entendimiento por su aversión hacia una especie que no puede elegirse y con la cual debemos convivir porque la encontramos desde la primera hora de la mañana en el espejo. Y claro, me queda todavía mantener con él muchos diálogos de conciencia. Me quedan muchas cosas por debatir, por entenderle, por refutarle. Me quedan mil enojos más por tener con sus opiniones, y un número infinito de motivos nuevos para seguir admirándolo.

No necesitó una trasmisión interminable de su despedida, ni personas con pancartas en las plazas, no necesitó grafitis ni banderas con su nombre. Y muchos de los que lo despidieron u homenajearon quizás no hayan ni hojeado sus libros. No necesitó un país de luto ni un cortejo despampanante. No porque no lo haya merecido. Sino porque así se van los grandes hombres. Con un montón de amigos y de lectores sinceros que no tardaremos en reabrir las páginas de El túnel para reencontrarlo en las palabras de Juan Pablo Castel. Este hombre que escribió como pocos y vivió como muchos, este hombre, era argentino. Con nuestra misma historia, con nuestro mismo arsenal de pasado y con este presente que tanto nos cuesta aceptar. Otro intelectual que engalana las letras argentinas, otro motivo para sentirnos orgullosos de este suelo a pesar de todo.

Estamos ahora frente a otro de los grandes milagros de la literatura: la inmortalidad. La muerte no puede evitar que Sábato siga acompañándonos. Sin duda, ese es el mayor triunfo del que escribe con el cuerpo. Renacer cada vez que se abre un libro, y respirar al oído de sus lectores en cada letra. Mi soledad se puebla siempre de estas compañías que aparecen en forma de ideas, historias o personajes. Y entonces uno se pregunta cómo agradecerle al hombre o al escritor o al hombre escritor que nos consuela, nos abraza y acompaña en esos ratos en los que más necesitamos saber que no estamos solos, que el mundo nos duele por igual, que la existencia nos pesa, cómo recompensar esa compañía absoluta, plena, elocuente y precisa que además nos hacer crecer, nos enfrenta con verdades insospechables que dormían en nosotros a la espera de un rescatista que las hiciera salir a luz. Bendita intelectualidad que tanto nos castiga y nos premia, bendita sensibilidad que nos permite hermanarnos y sentirnos bajo una misma piel, más allá de cualquier época, nación o cultura. Bendito el arte de las palabras que no nos deja desaparecer de la necesidad de los otros.

Bendito escritor y sus fantasmas.

jueves, 10 de marzo de 2011

Lluvia


Caminaba agobiado por el calor de diciembre. Oliendo a melancolía por todos los rincones. Dejando caer sobre su frente las gotas de sudor espeso, mientras respiraba casi por obligación. Iba por la calle con movimientos pesados, tardíos y a desgano, como si sostuviera sobre su cabeza el peso de todo un mundo. De repente, y para su sorpresa el cielo ennegreció todo el paisaje. Un estruendoso ruido lo hizo imaginar que el universo acababa de abrirse en dos. De esta manera, se desató la tormenta.

Pero no era la lluvia habitual. Lejos de caer esas inmensas gotas de agua tan típicas y repentinas en las tardes de verano, a él le llovieron palabras. Millones de palabras, recortadas, sueltas, inconexas le caían sobre la cabeza. Todas escritas con la misma letra: redonda, pequeña, femenina y a la vez, desprolija y apurada. Le llovían por los costados, y algunas se aferraban a su ropa para no caer.

Llovió poco tiempo, pero con gran intensidad. Tanto que este hombre terminó empapado de la cabeza a los pies. Quizás hubiese tenido que tomarse el tiempo necesario para unirlas, armarlas, darles cohesión y coherencia. Tendría que haber intentado descifrar un mensaje. El hecho ameritaba el esfuerzo. Rara vez a uno le llueven palabras a montones, por lo que se puede suponer que este diluvio, algún misterio oculto debió haber tenido. Pero nuestro protagonista no se preocupó en resolverlo. Simplemente siguió caminando, aún después de que paró la lluvia. Durante la tormenta, ni siquiera se molestó en apresurar el paso, seguramente porque esas letras lo refrescaban, le quitaban el agobio del verano, le acomodaban la respiración. Disfrutó ese instante de alivio y hasta en un suspiro respiró tres o cuatro palabras que se le mezclaron luego con la sangre.

Cuando pasó el chaparrón se sintió como nuevo. Liberado vaya a saber de qué cadenas y hasta incluso como si tuviese algunos años menos. Supo después de mucho tiempo lo que era sentirse realmente bien. Miró de reojo las palabras que habían caído más cerca. Intentó, sin poner mucha atención, memorizar algunas por si acaso. Hay quienes dicen que guardó algunas escogidas mediante un puñado al azar, y aún las conserva secretamente en un cajón. Desconocemos ese dato.

Sólo sabemos que después de la lluvia apuró el paso, con un extraño bienestar. No sabemos si se sentía feliz, pero notamos por los cambios en su rostro que estaba mucho mejor.

Caminaba seguro y decidido, dejando atrás el episodio reciente. Alejándose de las letras que se perdían en la distancia. Imprevistamente debió atravesar un charco, entonces improvisó un salto poco elegante. Su pie derecho cayó con fuerza y el sonido del pisotón retumbó en el silencio de la tarde. Siguió luego su paso continuo e inmutable. Y así, lo fuimos perdiendo de vista. Nunca supimos a dónde fue. Ni si alguna vez recordará lo que acabó de sucederle. Cuando ya su silueta se perdía en el horizonte empezamos a escucharlo silbar, pero el sonido es tan imperceptible que siempre tendremos la incógnita sobre qué canción evocó en aquel momento.

Sobre la vereda ya casi no quedan rastros de la lluvia, como si las palabras se hubieran evaporado sin haber cumplido su misión. Quedan sólo unas pocas que se resisten a desaparecer, y sobre la calle, donde segundos antes caía un pisotón, queda una palabra sucia, arrugada, atravesada por una pesada huella. Nuestra curiosidad necesita saber cuál de todos eso vocablos que cayeron es el que aplastó impíamente nuestro hombre.

Acercamos la vista para descubrir paradójicamente que esa palabra última, y ya sin voz, no es nada más que un simple y breve nombre de mujer.